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En este espacio les iremos entregando respuestas a aquellas preguntas que todos se plantean sin haber logrado jamás una explicación clara y sencilla...

lunes, 13 de enero de 2014

¿Cuál es la posición actual de la Ciencia frente a las religiones?

A menudo la gente se pregunta por qué los científicos sistemáticamente omiten tratar del tema de Dios en sus discursos más formales. La razón es sencilla: solo hemos de recordar que la ciencia se limita a investigar hechos naturales que puedan comprobarse, lo cual excluye lo sobrenatural. El único límite para la ciencia es el método científico, y toda pregunta que pueda ser sometida a este método es territorio científico.

Los mitos fundadores de las religiones son especulativos, es decir que tan solo necesitan una coherencia interna, no con respecto a otros conceptos como la realidad física, y por lo tanto no requieren ninguna comprobación. Al ser basados exclusivamente en la fe y no en el conocimiento, quedan intrínsecamente protegidos contra cualquier evidencia en su contra, garantizando así su perpetuidad. Por ello la ciencia crece y se desarrolla al margen (o a salvo) de la fe y no se ocupa de eventuales conflictos con la religión.

Así por ejemplo, si resultara que el Big Bang efectivamente ocurrió, cada cual podría interpretarlo en formas distintas según fueran sus convicciones metafísicas o religiosas. Cabe considerar que el Big Bang, al implicar un inicio, sugiere la existencia de un creador si uno siente tal necesidad, pero igualmente cabe exponer que la física subyacente de la Relatividad General explica la evolución del Universo hasta su mismo principio sin la intervención de ninguna deidad.

Incluso cuando la física enseña que el Principio Antrópico puede explicar los valores tan perfectamente ajustados de tantas constantes fundamentales de la naturaleza, algunos oponen el argumento puramente religioso de que precisamente algún dios eligió que cada una de esas constantes tuviera el valor que tiene como parte de un plan divino para nuestro Universo, o que él diseño las leyes de la física para que todo funcione solo. Pero la posible existencia de un ser divino como creador del Universo tampoco resuelve nada, pues de admitir tal existencia, habría que explicar entonces cómo funciona, cuales son los principios que rigen su existencia, quién lo creó (y si la respuesta es nadie, entonces ¿no podría ocurrir lo mismo con el Universo?...), etc… Por esa vía nada se explica de verdad: es un argumento por decreto, que no va a ningún sitio ni aporta nada útil al respecto de las leyes físicas que gobiernan el Universo, salvo quizás el ofrecer algún alivio a las ansiedades del creyente… Ciertamente un mundo sin divinidades o sin propósito puede parecer cruel o absurdo, pero esto, por sí solo, no basta para demostrar que los dioses existan.

Por lo demás, si algunos conceptos sobrenaturales no se investigan científicamente, es simplemente porque no están al alcance de la ciencia, no porque no se deba. Conformarse con admitir que algún Dios creó el Universo sería remplazar un problema que algún día sabremos resolver, por otro que no podemos ni siquiera investigar. Y la ciencia se propone resolver metódicamente los interrogantes, no desplazarlos o eludirlos.

Desde luego, invocar a Dios para evitar responder a preguntas sobre el “cómo” es simple pereza intelectual. Cuando escuchamos noticias en televisión, cuando contratamos expertos para reparar nuestras maquinas, cuando recibimos un diagnóstico médico, exigimos que todo sea perfectamente comprobado y basado en hechos asimismo averiguados. En un tema tan importante como el origen del Universo, ¿por qué habríamos de ser menos exigentes? Algunos mitólogos (entre ellos Sigmund Freud) no dudan en comparar la evolución de la especie humana con la madurez de un individuo: la era de creación de los mitos, que se remonta a los cavernícolas(1), correspondería a la infancia, con sus preguntas inocentes pero fundamentales y sus respuestas ingenuas, luego viene la adolescencia, cuando aparecen las religiones que organizaron, adaptaron, y ocasionalmente transformaron los antiguos mitos, elaborando así las llamadas “sagradas escrituras”, y finalmente la era científica, la edad adulta, cuando el nivel intelectual más elevado permite apuntar a objetivos más ambiciosos tales como lograr entender la realidad de la Naturaleza y, porqué no, sacarle provecho.
(1) Extensos estudios establecieron una estrecha correlación entre los movimientos migratorios del Homo Sapiens a su salida de Africa y la difusión e implantación de los mitos, mostrando así que estos tienen un origen común, fechado con una antigüedad de unos 65.000 años para la primer corriente migratoria (hacia Africa y Oceania), y unos 40.000 años para la segunda (hacia Eurasia).

Así podríamos decir que la obra de Newton fue el principio del fin de la adolescencia, al reducir radicalmente el dominio posible de las acciones de un dios, independientemente de si uno atribuye o no alguna racionalidad inherente al universo. Las leyes de Newton no solo limitaron claramente la libertad de acción de cualquier divinidad, sino que prescindieron de varios requisitos que suponían una intervención sobrenatural, y es justo decir que, desde entonces, los avances de la ciencia no han dejado de limitar aun mas seriamente las oportunidades disponibles para que la mano de dios se manifieste en lo que se dice es su obra, ya que todo se iba explicando por simples procesos físicos. Los mismos creyentes ya admiten que las Escrituras son adaptaciones tardías de antiguos cuentos simbólicos en los cuales no es necesario creer para mantener la fe(2): ya quedan muy pocos cristianos que crean en serpientes que hablan o en vírgenes fecundadas oralmente. Sin embargo esos avances van progresando muy lentamente en ciertas comunidades: claro está que los hechos y los datos nunca impresionan a aquellos que ya han decidido de antemano que un panorama es erróneo… Ciertamente la madurez nunca llega en forma tajante, y por algún tiempo aun ciencia y religiones habrán de coexistir.
(2) El ejemplo más emblemático es el Diluvio Universal, un relato presente en casi todas las mitologías del mundo, y del cual la versión bíblica del Arca de Noé es la adaptación más reciente: los mitólogos le atribuyen una antigüedad de hasta 100.000 años, es decir antes incluso de las migraciones de Africa !

Así es cómo, después del “asunto Galileo”, se fue estableciendo durante siglos un especie de “pacto de mutua indiferencia” entre ciencia y religión, con el cual las dos partes resolvieron dejar de atacarse mutuamente. Pero, curiosamente, fue Charles Darwin quien, muy a pesar suyo, puso definitivamente a la ciencia en contra de la religión. Galileo había desplazado a la Tierra de su puesto protagónico en el Cosmos, pero Darwin desplazó al Hombre! La Iglesia suele enseñar que los animales no tienen alma: si el Hombre es un animal, entonces tampoco habría de tener alma, lo que anula los conceptos de Infierno y Paraíso, es decir de recompensa y castigo después de la muerte. Eso compromete los fundamentos mismos de todas las religiones, que son el justificar las imperfecciones del mundo real, el aliviar la incomprensión y ansiedad hacia la muerte, y sobre todo el establecer un marco de leyes (o moralidad) que aseguren la coherencia de un grupo social y el poder de sus sacerdotes. Ciertamente el saber que la especie humana no es especial en la naturaleza puede parecer decepcionante para muchos pero, una vez mas, eso de por sí no basta para demostrar que Dios exista.

Precisamente, durante el último siglo y medio el cristianismo ha estado tan obsesionado con refutar el darwinismo que no se percató del peligro potencial de otras ideas como la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad. Ya vimos incluso que el primero en deducir el concepto del Big Bang de las ecuaciones de Einstein fue un cura, el físico y sacerdote Georges Lemaitre, y que, ingenuamente, el mismo papa Pío XII no ocultó su entusiasmo al recibir esa teoría como una confirmación científica de la Creación bíblica. Hoy día Dios aparece en todas partes en los discursos de los científicos, algunos porque aún son creyentes, otros simplemente para fastidiar a los primeros, o también para vender libros. Ya poco queda de ese pacto de mutua indiferencia.

De hecho, si los físicos teóricos se sienten cada vez más desenvueltos para hablar de Dios con cierta autoridad, es porque ahora su disciplina se acerca de lleno a algunas de las competencias tradicionales de un “Creador”, planteando que a fin de cuentas no es necesario ningún dios para explicar que haya algo en vez de nada. Hoy día podemos describir la evolución del universo desde los primeros instantes del Big Bang sin necesitar de manera específica nada que vaya mas allá de las conocidas leyes de la física. Desde luego aun hay enigmas sobre el universo que todavía no entendemos, pero cabe suponer que el público curioso de la astronomía no suscriba la idea de un Dios de los Rincones por la que se invoca a dios siempre que en nuestras observaciones hay algo que no se comprende del todo. Incluso los teólogos reconocen que ese recurso no solo disminuye la grandeza de un ser supremo, sino que también abre la puerta a que se le elimine, o al menos se le margine aun mas, cada vez que un nuevo trabajo resuelva o elimine un enigma.

Por ejemplo, con los últimos desarrollos de la Física Cuántica, hemos de admitir ahora que es plausible que todos nosotros, literalmente, hayamos salido de la nada, sin necesidad alguna de una intención o de un creador. Analizándolo bien, esa simple plausibilidad es un enorme paso adelante en el camino de reunir coraje para vivir vidas cargadas de sentido en un universo que probablemente llegó a existir (y quizás deje de existir) sin ningún propósito y, ciertamente, sin tener a la humanidad en su centro. Así tenemos el ejemplo del físico Stephen Hawkins, que era creyente pero que ya no lo es: en su libro “The Grand Design” (el gran diseño, o destino, ya que el idioma inglés autoriza ese pequeño juego de palabras) se adhiere a la opinión crecientemente asentada entre los físicos teóricos de que nuestro universo pudo perfectamente surgir de la nada como una mera fluctuación cuántica del (falso) vacío. Por extraña que pueda parecer esa idea, no lo es más que el resto de la física cuántica, la misma que hace funcionar a nuestros televisores y computadoras, o al propio Sol. Y desde luego no lo es más que la teoría expuesta en el Genesis. En el fondo es muy similar a esta, solo que eliminando a Dios del reparto…

En todo caso, el Dios que aparece hoy día en los discursos y debates tanto teológicos como científicos es un concepto “arrinconado”, que simplemente rellena las carencias de nuestro conocimiento, allí donde la ciencia no alcanza todavía. En una sorprendente declaración pública entregada en el Vaticano en octubre de 2014, el papa Francisco admitió que "...Él (Dios) creó el Universo y los seres vivos al inicio, para luego dejarlos desarrollarse conforme a las leyes de la física y de la evolución..." Pronunciadas por el líder de una de las Iglesias mas influyentes de nuestra civilización, esas palabras formalizan muy precisamente el concepto de un Dios de los Rincones, cada vez más parecido a esa nada que ya le usurpa incluso su papel de creador.

En realidad, cuando observamos la paulatina pérdida de protagonismo de los dioses en la Sociedad contemporánea (con las mencionadas diferencias entre comunidades), la explicación es sencilla: como especie estamos perdiendo la inocencia.
Para bien o para mal, pero ese ya es otro tema…

Eric Escalera / 2013

2 comentarios:

  1. Aquí estaba tu respuesta que no había olvidado Eric, no es necesario.

    Un abrazo

    Dámaso

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    Respuestas
    1. ...efectivamente, no es necesario, al menos en lo que respecta el Universo y la Naturaleza, pero no olvidemos que la Humanidad, como especie inteligente y consciente, es extremadamente joven, razón por la cual aun necesita creer que fue concebida y deseada, y aun necesita algún tipo de liderazgo moral. Eso permite que las religiones perduren aun, en temas que tienen que ver mas bien con psicología que con ciencia...
      Desde luego faltan muchas décadas para que todos los humanos sean capaces de maravillarse por la realidad de la Naturaleza en su total esplendor, capaces de percibir la fascinación de la Evolución en acción, sin todas esas ataduras psicológicas que aun entorpecen la mente...
      Eric Escalera

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