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En este espacio les iremos entregando respuestas a aquellas preguntas que todos se plantean sin haber logrado jamás una explicación clara y sencilla...

lunes, 13 de enero de 2014

¿La Astrología : verdad o mentira?

La respuesta es simple : la astrología es un fraude.

De hecho la confusión es grande entre astronomía y astrología, en parte por la similitud de términos. Sin embargo conviene aclarar por qué son temas tan distintos.

Ante todo cabe destacar que en los tiempos remotos la astrología desempeño un papel muy importante en el desarrollo de la astronomía, aunque solo sea incitar a observar metódicamente los astros y establecer los distintos ciclos. Básicamente, la astrología enseña que los sucesos humanos son influenciados por los movimientos aparentes de los planetas. Inicialmente la idea no era tan estúpida: a fin de cuentas se observaba que el Sol regula la vida en la Tierra con el clima y las estaciones, y la Luna no es tan inocente con sus mareas y quizás algunas influencias en ciertos ciclos biológicos. Eso generó la idea que el firmamento había sido dispuesto para uso exclusivo de la humanidad. Los observadores primitivos trataron entonces de establecer relaciones entre los planetas y eventos terrestres, con el fin de identificar eventuales periodicidades y así conseguir predecir los eventos futuros tan precisamente como se predicen las estaciones. Hasta aquí los astrólogos solían ser los mismos astrónomos –por ejemplo Ptolomeo publicó libros de astrología, aunque sus prólogos siempre advertían que las predicciones basadas en planetas eran menos rigurosas que las que se basan en el Sol o en la Luna.

Luego, a pesar de que progresaban los conocimientos, la astrología se mantenía, en gran parte gracias al apoyo económico de los reyes y de los poderosos: ninguna personalidad quería renunciar a sus horóscopos, e irónicamente muchos avances científicos en aquellos tiempos se consiguieron gracias a recursos concedidos a los astrólogos, permitiendo por ejemplo que se realicen mapas estelares, o que se registren valiosas observaciones de posiciones o fenómenos. Es conocido que Kepler produjo varios horóscopos, pero al final de su vida reconoció que lo había hecho solo para subsistir. También Galileo se aventuró a producir un horóscopo, solo uno, para el Gran Duque de Toscana, pero si los logros científicos del astrónomo cambiaron el curso de la historia, sus habilidades como astrólogo eran muy dudosas, pues el Gran Duque falleció tres semanas después de que Galileo le predijera una larga y fructuosa vida...

La separación definitiva entre astronomía y astrología se produjo al publicarse los resultados de Kepler y de Galileo, los cuales ya demostraban que no hay ninguna influencia entre los planetas y la Tierra. Sin embargo la práctica de la astrología se mantiene todavía, aunque en diversas formas, e igual que en la Edad Media los astrólogos suelen ganar mas dinero que los científicos.

Las pruebas de la astrología...

Hoy día resulta hasta difícil definir la astrología porque existen numerosas ramas distintas que se califican como tal, aunque la gran mayoría se dedican a temas que nada tiene que ver con predicciones por lo que la ciencia moderna nada tiene que decir sobre ello. Pero muchos astrólogos siguen con los horóscopos, y esto por lo menos tiene la ventaja de poder ser comprobado científicamente. El horóscopo predice eventos futuros –en tal caso se puede comprobar su validez, o describe la vida de una persona –en este caso se puede estimar su grado de acertamiento.

El test científico consiste en comprobar la validez de un gran numero de horóscopos y verificar si los resultados se apartan mucho de lo que se obtendría en modo casual. Tomemos el ejemplo de un astrólogo que pretende adivinar si sus corresponsales son hombre o mujer. Como la población humana es de mitad y mitad, si se contesta de modo aleatorio se obtiene automáticamente un 50% de respuestas acertadas y 50% erróneas. El test consiste entonces en observar si el número de respuestas acertadas se aparta mucho de 50%. El veredicto está claro: las predicciones astrológicas no tienen ningún valor. En el caso de los horóscopos que describen la vida del sujeto, el test es observar cuantos son acertados, y los resultados son igualmente claros: las predicciones solo aciertan dentro de los límites de lo casual, es decir según procesos aleatorios.

Una estrategia que los astrólogos practican a menudo consiste en publicar predicciones que no pueden ser comprobadas, como por ejemplo “...hoy será un día favorable para entablar amistades...” Al hacer eso renuncian de por sí a pretender ser una ciencia, con la ventaja de mantener los recursos económicos.

Por otra parte, mas allá del análisis de las predicciones, la ciencia demostró que las bases mismas de la astrología son erróneas, lo cual no es nada extraño pues sus conocimientos se establecieron hace varios miles de años… Poca gente recuerda hoy que originalmente los Marte, Júpiter, Saturno, etc… de la astrología no son planetas sino dioses que reinan sobre la humanidad, y que las constelaciones también representaban a personajes divinos y a sus entornos. de ahí las legítimas alegaciones de sus influencias en la Tierra.

Pero con el tiempo se fue descubriendo que aquellas luces en el firmamento eran planetas –mundos como la Tierra –y no la expresión de deidades, y que las estrellas no están colgadas de una esfera celeste que envuelve a la Tierra sino que se encuentran a distancias muy diversas, por lo que las constelaciones no son estructuras físicas sino simples perspectivas, de tal modo que dos estrellas opuestas en la bóveda celeste bien pueden estar realmente cercanas en el espacio, y vise-versa. Existen estrellas, como por ejemplo α Cen y Sirius, que ni siquiera están en el mismo hemisferio de nuestra bóveda celeste, pero que apenas distan de 10 años-luz una de otra. Los astrólogos también usaban los desplazamientos de los planetas por las constelaciones. Si realmente los planetas se adentraran en las constelaciones, sería casi razonable pensar que puedan tener algún tipo de influencia mutua. Pero los planetas no se desplazan en medio de las estrellas como se creía en los tiempos antiguos, sino que eso solo es una apariencia, pues las estrellas en realidad se sitúan millones de veces mas lejos que los planetas. Así por ejemplo vista desde Marte, la Tierra también se desplaza por las estrellas… Y para colmo, las estrellas también se mueven por el espacio, haciendo que las constelaciones cambien de aspecto con el tiempo (hoy día ya están bastante distorsionadas respecto a cómo las habían imaginado los griegos, unos 3.500 años atrás). La astrología entonces tendría que haber terminado, pues todos sus principios fundamentales iban desapareciendo uno por uno.

Pero los astrólogos no quisieron desaparecer, y sutilmente fueron alterando sus principios para poder seguir manteniendo sus recursos. La influencia de los dioses se descartó porque ya nadie cree en ellos, y las influencias físicas, como por ejemplo por ley de gravedad, se descartan por ser las distancias tan extremadamente elevadas: las únicas influencias gravitacionales significantes que percibe la Tierra provienen del Sol, por ser de masa tan elevada, y de la Luna, por estar tan cerca. Sin embargo los astrólogos siguen alegando de influencias de astros en la Tierra, simplemente omitiendo toda explicación de cuales podrían ser. Es divertido entonces pensar que, en cierto modo, quienes realmente creen en el horóscopo están involuntariamente adorando a los antiguos dioses paganos…

Ciertamente en tiempos remotos los objetivos iniciadores de la astrología eran nobles, pero hoy la humanidad tendrá que imaginar otros caminos si aun le interesa predecir su futuro...

Por último cabe destacar que la astrología no es tan inofensiva como podria parecer.
Muchos argumentan que la práctica de la astrología es algo mas bien inocente, no dañando a nadie a fin de cuentas, e incluso aportando ocasionalmente algun alivio psicológico a quienes lo puedan necesitar. Pero no es así: a escala global la astrología tiende a debilitar la habilidad de la gente a evaluar objetivamente y con espiritu crítico el mundo que nos rodea y eso, a la larga, constituye un freno al desarollo natural de una civilización.

Eric Escalera / 2010

¿Cuál es la posición actual de la Ciencia frente a las religiones?

A menudo la gente se pregunta por qué los científicos sistemáticamente omiten tratar del tema de Dios en sus discursos más formales. La razón es sencilla: solo hemos de recordar que la ciencia se limita a investigar hechos naturales que puedan comprobarse, lo cual excluye lo sobrenatural. El único límite para la ciencia es el método científico, y toda pregunta que pueda ser sometida a este método es territorio científico.

Los mitos fundadores de las religiones son especulativos, es decir que tan solo necesitan una coherencia interna, no con respecto a otros conceptos como la realidad física, y por lo tanto no requieren ninguna comprobación. Al ser basados exclusivamente en la fe y no en el conocimiento, quedan intrínsecamente protegidos contra cualquier evidencia en su contra, garantizando así su perpetuidad. Por ello la ciencia crece y se desarrolla al margen (o a salvo) de la fe y no se ocupa de eventuales conflictos con la religión.

Así por ejemplo, si resultara que el Big Bang efectivamente ocurrió, cada cual podría interpretarlo en formas distintas según fueran sus convicciones metafísicas o religiosas. Cabe considerar que el Big Bang, al implicar un inicio, sugiere la existencia de un creador si uno siente tal necesidad, pero igualmente cabe exponer que la física subyacente de la Relatividad General explica la evolución del Universo hasta su mismo principio sin la intervención de ninguna deidad.

Incluso cuando la física enseña que el Principio Antrópico puede explicar los valores tan perfectamente ajustados de tantas constantes fundamentales de la naturaleza, algunos oponen el argumento puramente religioso de que precisamente algún dios eligió que cada una de esas constantes tuviera el valor que tiene como parte de un plan divino para nuestro Universo, o que él diseño las leyes de la física para que todo funcione solo. Pero la posible existencia de un ser divino como creador del Universo tampoco resuelve nada, pues de admitir tal existencia, habría que explicar entonces cómo funciona, cuales son los principios que rigen su existencia, quién lo creó (y si la respuesta es nadie, entonces ¿no podría ocurrir lo mismo con el Universo?...), etc… Por esa vía nada se explica de verdad: es un argumento por decreto, que no va a ningún sitio ni aporta nada útil al respecto de las leyes físicas que gobiernan el Universo, salvo quizás el ofrecer algún alivio a las ansiedades del creyente… Ciertamente un mundo sin divinidades o sin propósito puede parecer cruel o absurdo, pero esto, por sí solo, no basta para demostrar que los dioses existan.

Por lo demás, si algunos conceptos sobrenaturales no se investigan científicamente, es simplemente porque no están al alcance de la ciencia, no porque no se deba. Conformarse con admitir que algún Dios creó el Universo sería remplazar un problema que algún día sabremos resolver, por otro que no podemos ni siquiera investigar. Y la ciencia se propone resolver metódicamente los interrogantes, no desplazarlos o eludirlos.

Desde luego, invocar a Dios para evitar responder a preguntas sobre el “cómo” es simple pereza intelectual. Cuando escuchamos noticias en televisión, cuando contratamos expertos para reparar nuestras maquinas, cuando recibimos un diagnóstico médico, exigimos que todo sea perfectamente comprobado y basado en hechos asimismo averiguados. En un tema tan importante como el origen del Universo, ¿por qué habríamos de ser menos exigentes? Algunos mitólogos (entre ellos Sigmund Freud) no dudan en comparar la evolución de la especie humana con la madurez de un individuo: la era de creación de los mitos, que se remonta a los cavernícolas(1), correspondería a la infancia, con sus preguntas inocentes pero fundamentales y sus respuestas ingenuas, luego viene la adolescencia, cuando aparecen las religiones que organizaron, adaptaron, y ocasionalmente transformaron los antiguos mitos, elaborando así las llamadas “sagradas escrituras”, y finalmente la era científica, la edad adulta, cuando el nivel intelectual más elevado permite apuntar a objetivos más ambiciosos tales como lograr entender la realidad de la Naturaleza y, porqué no, sacarle provecho.
(1) Extensos estudios establecieron una estrecha correlación entre los movimientos migratorios del Homo Sapiens a su salida de Africa y la difusión e implantación de los mitos, mostrando así que estos tienen un origen común, fechado con una antigüedad de unos 65.000 años para la primer corriente migratoria (hacia Africa y Oceania), y unos 40.000 años para la segunda (hacia Eurasia).

Así podríamos decir que la obra de Newton fue el principio del fin de la adolescencia, al reducir radicalmente el dominio posible de las acciones de un dios, independientemente de si uno atribuye o no alguna racionalidad inherente al universo. Las leyes de Newton no solo limitaron claramente la libertad de acción de cualquier divinidad, sino que prescindieron de varios requisitos que suponían una intervención sobrenatural, y es justo decir que, desde entonces, los avances de la ciencia no han dejado de limitar aun mas seriamente las oportunidades disponibles para que la mano de dios se manifieste en lo que se dice es su obra, ya que todo se iba explicando por simples procesos físicos. Los mismos creyentes ya admiten que las Escrituras son adaptaciones tardías de antiguos cuentos simbólicos en los cuales no es necesario creer para mantener la fe(2): ya quedan muy pocos cristianos que crean en serpientes que hablan o en vírgenes fecundadas oralmente. Sin embargo esos avances van progresando muy lentamente en ciertas comunidades: claro está que los hechos y los datos nunca impresionan a aquellos que ya han decidido de antemano que un panorama es erróneo… Ciertamente la madurez nunca llega en forma tajante, y por algún tiempo aun ciencia y religiones habrán de coexistir.
(2) El ejemplo más emblemático es el Diluvio Universal, un relato presente en casi todas las mitologías del mundo, y del cual la versión bíblica del Arca de Noé es la adaptación más reciente: los mitólogos le atribuyen una antigüedad de hasta 100.000 años, es decir antes incluso de las migraciones de Africa !

Así es cómo, después del “asunto Galileo”, se fue estableciendo durante siglos un especie de “pacto de mutua indiferencia” entre ciencia y religión, con el cual las dos partes resolvieron dejar de atacarse mutuamente. Pero, curiosamente, fue Charles Darwin quien, muy a pesar suyo, puso definitivamente a la ciencia en contra de la religión. Galileo había desplazado a la Tierra de su puesto protagónico en el Cosmos, pero Darwin desplazó al Hombre! La Iglesia suele enseñar que los animales no tienen alma: si el Hombre es un animal, entonces tampoco habría de tener alma, lo que anula los conceptos de Infierno y Paraíso, es decir de recompensa y castigo después de la muerte. Eso compromete los fundamentos mismos de todas las religiones, que son el justificar las imperfecciones del mundo real, el aliviar la incomprensión y ansiedad hacia la muerte, y sobre todo el establecer un marco de leyes (o moralidad) que aseguren la coherencia de un grupo social y el poder de sus sacerdotes. Ciertamente el saber que la especie humana no es especial en la naturaleza puede parecer decepcionante para muchos pero, una vez mas, eso de por sí no basta para demostrar que Dios exista.

Precisamente, durante el último siglo y medio el cristianismo ha estado tan obsesionado con refutar el darwinismo que no se percató del peligro potencial de otras ideas como la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad. Ya vimos incluso que el primero en deducir el concepto del Big Bang de las ecuaciones de Einstein fue un cura, el físico y sacerdote Georges Lemaitre, y que, ingenuamente, el mismo papa Pío XII no ocultó su entusiasmo al recibir esa teoría como una confirmación científica de la Creación bíblica. Hoy día Dios aparece en todas partes en los discursos de los científicos, algunos porque aún son creyentes, otros simplemente para fastidiar a los primeros, o también para vender libros. Ya poco queda de ese pacto de mutua indiferencia.

De hecho, si los físicos teóricos se sienten cada vez más desenvueltos para hablar de Dios con cierta autoridad, es porque ahora su disciplina se acerca de lleno a algunas de las competencias tradicionales de un “Creador”, planteando que a fin de cuentas no es necesario ningún dios para explicar que haya algo en vez de nada. Hoy día podemos describir la evolución del universo desde los primeros instantes del Big Bang sin necesitar de manera específica nada que vaya mas allá de las conocidas leyes de la física. Desde luego aun hay enigmas sobre el universo que todavía no entendemos, pero cabe suponer que el público curioso de la astronomía no suscriba la idea de un Dios de los Rincones por la que se invoca a dios siempre que en nuestras observaciones hay algo que no se comprende del todo. Incluso los teólogos reconocen que ese recurso no solo disminuye la grandeza de un ser supremo, sino que también abre la puerta a que se le elimine, o al menos se le margine aun mas, cada vez que un nuevo trabajo resuelva o elimine un enigma.

Por ejemplo, con los últimos desarrollos de la Física Cuántica, hemos de admitir ahora que es plausible que todos nosotros, literalmente, hayamos salido de la nada, sin necesidad alguna de una intención o de un creador. Analizándolo bien, esa simple plausibilidad es un enorme paso adelante en el camino de reunir coraje para vivir vidas cargadas de sentido en un universo que probablemente llegó a existir (y quizás deje de existir) sin ningún propósito y, ciertamente, sin tener a la humanidad en su centro. Así tenemos el ejemplo del físico Stephen Hawkins, que era creyente pero que ya no lo es: en su libro “The Grand Design” (el gran diseño, o destino, ya que el idioma inglés autoriza ese pequeño juego de palabras) se adhiere a la opinión crecientemente asentada entre los físicos teóricos de que nuestro universo pudo perfectamente surgir de la nada como una mera fluctuación cuántica del (falso) vacío. Por extraña que pueda parecer esa idea, no lo es más que el resto de la física cuántica, la misma que hace funcionar a nuestros televisores y computadoras, o al propio Sol. Y desde luego no lo es más que la teoría expuesta en el Genesis. En el fondo es muy similar a esta, solo que eliminando a Dios del reparto…

En todo caso, el Dios que aparece hoy día en los discursos y debates tanto teológicos como científicos es un concepto “arrinconado”, que simplemente rellena las carencias de nuestro conocimiento, allí donde la ciencia no alcanza todavía. En una sorprendente declaración pública entregada en el Vaticano en octubre de 2014, el papa Francisco admitió que "...Él (Dios) creó el Universo y los seres vivos al inicio, para luego dejarlos desarrollarse conforme a las leyes de la física y de la evolución..." Pronunciadas por el líder de una de las Iglesias mas influyentes de nuestra civilización, esas palabras formalizan muy precisamente el concepto de un Dios de los Rincones, cada vez más parecido a esa nada que ya le usurpa incluso su papel de creador.

En realidad, cuando observamos la paulatina pérdida de protagonismo de los dioses en la Sociedad contemporánea (con las mencionadas diferencias entre comunidades), la explicación es sencilla: como especie estamos perdiendo la inocencia.
Para bien o para mal, pero ese ya es otro tema…

Eric Escalera / 2013